Capítulo 13. Rendición de México Tenochtitlan
Tres son las fuentes indígenas de las que provienen los textos aducidos
en este capítulo. El primer testimonio, de los informantes indígenas de
Sahagún, menciona un último presagio que pareció anunciar la ruina inminente de
los mexicas. Según este texto indígena, fue Cuauhtémoc quien por su propia
voluntad se entregó a los españoles. La tragedia que acompañó a la toma de la
ciudad, nos la describe a continuación el documento indígena de manera
elocuente.
El segundo testimonio aducido
proviene de la ya varias veces citada XIII relación de Alva Ixtlilxóchitl. Es
en este texto donde se relata cuáles fueron las palabras que dijo Cuauhtémoc a
Cortés, cuando hecho ya prisionero, tomando la daga que traía el conquistador,
le rogó pusiera fin a su vida, como había puesto ya fin a su imperio.
Ixtlilxóchitl afirma que murió "casi toda la nobleza mexicana, pues que
apenas quedaron algunos señores y caballeros y, los más, niños y de poca
edad".
El tercero y último texto,
proviene de la VII relación de Chimalpain, y en él se describe la forma como
Cortés requirió por todas partes y aún sometió a tormento a los señores mexicas
para obtener de ellos el oro y los demás tesoros que poseían ellos desde
tiempos antiguos.
La prisión de Cuauhtémoc
Y cuando lo hubieron llevado hasta allá, cuando lo hubieron desembarcado,
luego vinieron a verlo los españoles. Lo tomaron, lo tomaron de la mano los
españoles. Luego lo subieron arriba de la azotea, lo colocaron frente al
capitán, su jefe de guerra. Y cuando lo hubieron colocado frente al capitán,
éste se pone a verlo, lo ve detenidamente, le acaricia el cabello a Cuauhtémoc.
Luego lo sentaron frente al capitán. Dispararon los cañones, pero a nadie tocaron
ya. Únicamente, dispararon, los tiros pasaban sobre las cabezas de los mexicas.
Luego tomaron un cañón, lo pusieron en una barca, lo llevaron a la casa de
Coyohuehuetzin, y cuando allá hubieron llegado, lo subieron a la azotea.
La huida general
Luego otra vez matan gente; muchos en esta ocasión murieron. Pero se
empieza la huida, con esto va a acabar la guerra. Entonces gritaban y decían:
¡Es bastante! . . . ¡Salgamos! . . . ¡Vamos a comer hierbas! . . . Y cuando tal
cosa se oyó, luego empezó la huida general. Unos van por agua, otros van por el
camino grande. Aun allí matan a algunos; están irritados los españoles porque
aún llevan algunos su macana y su escudo. Los que habitaban en las casas de la
ciudad van derecho hacia Amáxac, rectamente hacia el bifurcamiento del camino.
Allí se desbandan los pobres. Todos van al rumbo del Tepeyácac, todos van al
rumbo de Xoxohuiltitlan, todos van al rumbo de Nonohualco. Pero al rumbo de
Xóloc o al de Mazatzintamalco, nadie va. Pero todos los que habitan en barcas y
los que habitan sobre las armazones de madera enclavadas en el lago, y los
habitantes de Tolmayecan, se fueron puramente por el agua. A unos les daba
hasta el pecho, a otros les daba el agua hasta el cuello. Y aun algunos se
ahogaron en el agua más profunda. Los pequeñitos son llevados a cuestas. El
llanto es general. Pero algunos van alegres, van divirtiéndose, al ir
entrelazados en el camino. Los dueños de barca, todos los que tenían barcas, de
noche salieron, y aun en el día salieron algunos. Al irse, casi se atropellan
unos con otros.
Los españoles se adueñan de todo
Por su parte, los españoles, al borde de los caminos, están
requisionando a las gentes. Buscan oro. Nada les importan los jades, las plumas
de quetzal y las turquesas. Las mujercitas lo llevan en su seno, en su faldellín,
y los hombres lo llevamos en la boca, o en el maxtle. Y también se apoderan,
escogen entre las mujeres, las blancas, las de piel trigueña, las de trigueño
cuerpo. Y algunas mujeres a la hora del saqueo, se untaron de lodo la cara y se
pusieron como ropa andrajos. Hilachas por faldellín, hilachas como camisa. Todo
era harapos lo que se vistieron. También fueron separados algunos varones. Los
valientes y los fuertes, los de corazón viril. Y también jovenzuelos, que fueran
sus servidores, los que tenían que llamar sus mandaderos. A algunos desde luego
les marcaron con fuego junto a la boca. A unos en la mejilla, a otros en los
labios. Después de que Cuauhtémoc fue entregado lo llevaron a Acachinanco ya de
noche. Pero al siguiente día, cuando había ya un poco de sol, nuevamente
vinieron muchos españoles. También era su final. Iban armados de guerra, con
cotas y con cascos de metal; pero ninguno con espada, ninguno con su escudo.
Todos van tapando su nariz con pañuelos blancos: sienten náuseas de los
muertos, ya hieden, ya apestan sus cuerpos. Y todos vienen a pie.
La prisión de Cuauhtémoc
Hecha la seña, los nuestros embistieron todos a un tiempo al rincón de
los enemigos, y diéronse tanta prisa, que dentro de pocas horas le ganaron, sin
que quedase cosa que fuese de parte de los enemigos; y los bergantines y canoas
embistieron con las de éstos, y como no pudieron resistir a nuestros soldados
echaron todas a huir por donde mejor pudieron, y los nuestros tras ellos.
García de Olguín, capitán de un bergantín que tuvo aviso por un mexicano que
tenía preso, de cómo la canoa que seguía era donde iba el rey, dio, tras ella
hasta alcanzarla. El rey Cuauhtémoc
viendo que ya los enemigos los tenía cerca, mandó a los remeros llevasen la
canoa hacia ellos para pelear; viéndose de esta manera, tomó su rodela y
macana, y quiso embestir; mas viendo que era mucha la fuerza de los enemigos,
que le amenazaban con sus ballestas y escopetas, se rindió.
Cuauhtémoc frente a Cortés
García de Olguín lo llevó a Cortés, el cual lo recibió con mucha
cortesía, al fin como a rey, y él echó mano al puñal de Cortés, y le dijo: ¡Ah
capitán! ya yo he hecho todo mi poder para defender mi reino, y librarlo de
vuestras manos; y pues no ha sido mi fortuna favorable, quitadme la vida, que
será muy justo, y con esto acabaréis el reino mexicano, pues a mi ciudad y
vasallos tenéis destruidos y muertos . . . Con otras razones muy lastimosas,
que se enternecieron cuantos allí estaban, de ver a este príncipe en este lance.
Cortés le consoló, y le rogó que mandase a los suyos se rindiesen, el cual así
lo hizo, y se subió por una torre alta, y les dijo a voces que se rindieran,
pues ya estaban en poder de los enemigos. La gente de guerra, que sería hasta
sesenta mil de ellos los que habían quedado, de los trescientos mil que eran de la parte de
México, viendo a su rey dejaron las armas, y la gente más ilustre llegó a
consolar a su rey. Ixtlilxóchitl, que procuró harto de prender por su mano a
Cuauhtémoc, y no pudo hacerlo solo, por andar en canoa, y no tan ligera como un
bergantín, pudo sin embargo alcanzar dos, en donde iban algunos príncipes y
señores, como eran Tetlepanquetzaltzin, heredero del reino de Tlacopan, y
Tlacahuepantzin, hijo de Motecuhzoma su heredero y otros muchos, y en la otra
iban la reina Papantzin Oxómoc, mujer que fue del rey Cuitláhuac, con muchas
señoras. Ixtlilxóchitl los prendió, y llevó consigo a estos señores hacia donde
estaba Cortés: a la reina y demás señoras las mandó llevar a la ciudad de Tezcoco
con mucha guarda, y que allá las tuviesen.
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